¿Por qué regresan los fascismos?

Miguel Angel Furones – Yorokobu.es

El fascismo es una mezcla explosiva formada por dos componentes: los que no olvidan y los que no recuerdan.

Los que no olvidan son personas entradas en años que añoran un tiempo pasado que, según ellos, fue mejor.

Y de hecho lo fue. Roland Barthes escribió en una ocasión que añoraba el tranvía que había en su pueblo cuando él era joven. Para añadir inmediatamente que no estaba seguro de si lo que añoraba era un tranvía o una edad.

Hay personas mayores que, cuando rememoran su juventud, tienden a idealizarla, eliminando lo malo y conservando lo bueno. Da igual cómo fueran esos años o en qué contexto histórico se desarrollaran. Eran jóvenes, no les dolían los huesos, sus cuerpos rebosaban energía…

Esa es la quimera que los lleva a reivindicar una época que, de regresar, tal vez pueda traer también consigo algo de aquella juventud que les fue arrebatada con el paso de los años.

Respecto a los que no recuerdan, su situación es justo la contraria. Son jóvenes que desconocen el pasado. Más aún, que lo rechazan convencidos de que la historia de la humanidad comenzó justo el día que ellos vinieron al mundo.

Por eso están seguros de que no pueden equivocarse. Tienen la razón, porque sus cuerpos así se lo indican. A ellos no les duelen los huesos y rebosan de energía hoy, ahora, en este mismo instante. ¿Existe una demostración más palpable de que piensen lo que piensen, digan lo que digan, hagan lo que hagan están en lo cierto?

«Tomorrow belongs to me», cantaba el joven nazi en la película de Cabaret. Y los adultos se sumaban a su canto convencidos de que tal vez sí, tal vez el futuro les estaba dando una segunda oportunidad. Tan solo un anciano, al final de la canción, aparece pesaroso consciente de la que se les viene encima.

La historia la repiten los desmemoriados y los incultos. Lo tienen fácil, pues esta jamás resurge por el mismo lugar. Los nuevos argumentos parecen eso, nuevos. Pero detrás de ellos se esconden los miedos de siempre. Al diferente en lo religioso, lo político, lo geográfico, lo económico o lo sexual. El pavor a que cualquiera de ellos pueda trastornar su vida dejando en evidencia sus carencias y limitaciones.

El fascismo, en todas sus formas, parte siempre del mismo principio: todo lo malo que me sucede es culpa de otros. Da igual que sean judíos, emigrantes, gais, gitanos o robots. Por eso, si conseguimos eliminarlos, eliminaremos también la causa de todas nuestras desdichas.

Su fundamento emocional es el odio, porque sin odio no hay fascismo. Es la herramienta que el fascismo necesita para sentirse bien cometiendo atrocidades.
Añorar lo indebido o desconocer lo debido son dos formas de desmemoria que confluyen en un mismo vértice. Ese que permite que los fascismos renazcan a través de la historia sin importar cuán terribles hayan sido en el pasado.

El suyo es un viaje amparado por su capacidad de metamorfosis. En Italia, por ejemplo, el fascio, recuperado como símbolo en la Roma clásica, nació con los sindicatos revolucionarios para trasladarse luego al nacionalismo y, finalmente, a la dictadura de Mussolini.

Un poder de adaptación asombroso que nos lleva a concluir que el problema del fascismo no es que regrese. Es que no se marchó jamás.

 

 

 

 

 

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