Minsk: un acuerdo por Donbass pero sin Donbass

Por Nahia Sanzo 

Las opiniones reflejadas en este artículo no necesariamente reflejan las opiniones de slavyangrad.es o slavyangrad.org.

La firma de los acuerdos de Minsk ha dividido en estas semanas de alto el fuego a prácticamente todas las facciones que, directamente o no, toman parte en esta guerra entre fervientes defensores e igualmente fervientes detractores de dichos acuerdos. Sin conocimiento alguno de lo específico del acuerdo más allá de las primeras informaciones que apuntaban a un alto el fuego y descentralización del poder en Ucrania, los analistas se lanzaron a defender o atacar el acuerdo minutos después de que este fuerza firmado.

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Esas primeras informaciones llevaron a analistas a hablar de la creación de una gran Transnistria, un Estado independiente de facto en el que Rusia tendría un dominio completo. Muchos analistas europeos siguen manteniendo que la postura rusa busca forzar ese escenario, por lo que busca congelar el conflicto. Con la misma rapidez, los detractores de este alto el fuego se lanzaron a denunciar el acto de capitulación al que Rusia había forzado a los representantes de las repúblicas populares, que habían firmado un documento que no ofrecía el más mínimo reconocimiento a las repúblicas en sí o a ellos mismos como sus representantes.

El protocolo se presenta inicialmente como el acuerdo entre dos presidentes, Petro Poroshenko y Vladimir Putin cuyos planes de paz (el de Poroshenko de finales de mayo y el plan de 7 puntos del presidente ruso presentado en días anteriores al inicio de los contactos de Minsk), lo que ha causado no pocos problemas al presidente ucraniano, que a pesar de su retórica anti-rusa en su gira norteamericana ha sido acusado por los sectores más radicales de Ucrania de haberse convertido en una marioneta de Moscú y han llegado incluso a amenazarle con un destino similar al de su predecesor. Derrocado por un golpe de Estado al negarse a firmar un acuerdo de asociación con la Unión Europea hasta llegar a un acuerdo con Moscú para mantener las condiciones de los productos ucranianos en el mercado ruso, el ex presidente Yanukovich podría, ahora que su sucesor actúa de la misma manera, exigir una explicación.

El retraso a la hora de implementar un acuerdo ya ratificado por los dos parlamentos, el europeo y el ucraniano, se justifica ahora como una concesión a la Rusia aislada y camino de la recesión por la implementación de las sanciones europeas y norteamericanas, aunque no hay que ser un experto para ver que, aunque esta medida favorezca claramente a Rusia, lo hace también a Ucrania. Reuters, por ejemplo, estima en 3.000 millones de dólares las pérdidas para Ucrania en el caso de que Rusia impusiera aranceles a los productos ucranianos, principalmente acero, carbón, productos químicos y grano. De aquí a 2016, las partes disponen de tiempo para llegar a un compromiso que evite a Rusia perder completamente el mercado de Ucrania a cambio de no imponer aranceles a los productos ucranianos, con lo que Ucrania tampoco perdería su posición en el mercado ruso, uno de los principales mercados para sus exportaciones. El miedo a que también Poroshenko se eche atrás y no implemente el acuerdo en vistas de que las excesivamente optimistas perspectivas europeas de los políticos ucranianos no se corresponden con la realidad puede crear, y está creando ya, ciertas discordancias dentro incluso del Gobierno ucraniano. El último ataque de histeria del primer ministro Yatseniuk ha venido a causa de este asunto.

Rusia, por su parte, se ha asegurado este tiempo extra para poder sustituir las importaciones ucranianas en caso de no llegar a un acuerdo con la UE con un decreto, ya firmado por el primer ministro Medvedev, que impone aranceles a los productos ucranianos que entraría en vigor de forma automática e inmediata en caso de que Ucrania aplique el acuerdo antes del momento pactado. Por el momento, esta concesión a Rusia no es más que una admisión de  que Yanukovich tenía razón. No deja de ser curioso que la revolución supuestamente esporádica y popular que exigía un gobierno sin oligarcas y el inicio inmediato del camino a Europa haya llevado al nuevo presidente, tan oligarca como el anterior, a retrasar la implementación del acuerdo de  la misma manera que lo había hecho Yanukovich. Ante esta situación, Rusia trata de llegar a un compromiso que le mantenga en el mercado a la espera de que la prácticamente inevitable decepción europea le dé la posibilidad de recuperar la influencia política y económica perdida en este último año.

A pesar de las recientes amenazas de la extrema derecha nacionalista, no es previsible que estas protestas den lugar, al menos por el momento, a un tercer Maidan o a una catástrofe electoral para el presidente Poroshenko, que con su retórica nacionalista, belicista y anti-rusa, trata de compensar estas concesiones a las que la situación del país, tanto la situación política en Donbass como la situación de caos económico, le han obligado. A pesar de que se basara en el descontento popular por una economía al borde del colapso, los eventos de febrero fueron la revolución de las clases políticas y económicas influyentes. Sin la organización y el apoyo externo que tuvieron las protestas de Maidan, ese supuesto descontento  de la extrema de recha no es una amenaza real para el Gobierno, salvo que este vuelva a echarse atrás y opte por no implementar el acuerdo, posibilidad más remota que la del acuerdo a tres bandas. Pero la retórica anti-rusa de las últimas semanas tanto de Yatseniuk como de Poroshenko, especialmente belicista en su discurso ante el Congreso de Estados Unidos, y la implementación de medidas como el cierre temporal y sin motivo alguno de la frontera ruso-ucraniana va encaminada a evitar la furia de la extrema derecha nacionalista que ve concesiones a Moscú en cada acuerdo.

La posibilidad de que Rusia trate de ganarse a Poroshenko ofreciéndole un descuento significativo en el precio del gas y una serie de préstamos que no acarreen las exigencias de los préstamos del FMI se ha mencionado ya. El hecho de que Poroshenko se haya apoyado en los votos del antiguo régimen, Partido de las Regiones y Partido Comunista, para aprobar la ley que otorgaría un estatus especial a Donbass da a entender que la postura del presidente no es tan férrea como quiere hacer ver. Pero al contrario que con Yanukovich, es difícil ver en este posible acuerdo motivos políticos o acercamiento a Moscú. Un acuerdo entre las partes, la Unión Europea, Ucrania y Rusia sería, además de realista, una solución de interés para todas ellas, aunque sería contrario a los intereses de Estados Unidos, cuyos actos buscan separar al máximo posible a Rusia y Europa, lo que debilita a ambas y refuerza su posición.

Por el momento, la Unión Europea espera su turno con relativa paciencia. Mirando hacia otro lado ante las crecientes acusaciones de crímenes por parte de las tropas ucranianas, las instituciones comunitarias avalan cada plan de Kiev, igual la guerra que la paz, a medida que comienza a haber fracturas en la postura anti-rusa, especialmente en relación a las sanciones, y parte de la izquierda se une a la crítica de la política comunitaria hacia Ucrania. Europa aguarda, con la esperanza de que Ucrania sea capaz de cambiar el rumbo de su economía para que no sea una carga para los contribuyentes europeos, principalmente los alemanes.  Con la certeza de que Moscú no está dispuesto a sacrificar su relación con la Unión Europea utilizando políticamente el suministro de gas, Europa no tiene prisa.

Perfectamente consciente de que los productos ucranianos, que entran ya con libertad y sin aranceles a la Unión Europea, no son, incuso a pesar de la depreciación de la moneda, competitivos en un mercado europeo ya saturado, especialmente el mercado agrícola, Europa espera la segunda parte del plan, cuando Ucrania se convierta en un nuevo laboratorio de neoliberalismo en el que se permita todo lo exigido: fracking libre sin necesidad de años de lucha y millones de gasto en lobbying o introducción de productos modificados genéticamente tal y como exige Estados Unidos, que a medio plazo se hará con grandes terrenos en el país. Ucrania aceptará sin rechistar, porque su economía no le otorga ningún derecho a la resistencia, cualquier receta de sus socios occidentales esperando convertirse en ese aliado privilegiado alegando una situación que en realidad no es tan estratégica para la Unión Europea como Ucrania quiere hacer ver. Comenzará entonces el expolio de todo recurso natural o industrial que se considere rentable, cierre de todo aquello que se considere una lastra.

Con su receta de austeridad, aumento de precios y reducción de salarios, de socialización de las pérdidas y privatización de las ganancias o de externalización de la industria y aumento del paro, la Unión Europea tiene todas las posibilidades de defraudar al pueblo ucraniano como lo ha hecho ya en muchos otros países de la periferia europea. Y si las cosas no salen como esperaban y el coste de la integración europea es más elevado del previsto o si se extiende la decepción, la UE siempre sabrá a quién culpar. Europa, que debería ser perfectamente consciente de esto, está dispuesta a todo por apartar a Ucrania de Rusia tal y como ha hecho con el resto de sus antiguos aliados europeos y sigue haciendo en el resto del mundo.

La lógica de Moscú 

Lo inevitable de la decepción para el pueblo ucraniano, sometido a una propaganda que ha elevado las esperanzas de la integración europea a unas expectativas que la UE no puede cumplir, hace a Moscú ver que puede obrar a largo plazo. Con la deuda ucraniana con Rusia y la negociación del precio del gas como elementos a su favor, así como la debilidad económica de una Unión Europea que se acerca nuevamente a la recesión, Rusia se mantiene a la espera de lograr un acuerdo que, aunque no suponga una victoria, le haga mantener una parte de su mercado en Ucrania.

La causa política es más compleja. Atraer a Poroshenko, o a quien le suceda en el cargo a medio plazo, hacia la órbita de Moscú parece poco viable a medio plazo, aunque la decepción europea pudiera logarlo a largo plazo. Y al contrario que Crimea, cuya posición estratégica era importante para el Kremlin, ni Donetsk ni Lugansk son un premio por el que Moscú esté dispuesto a arriesgarse a una escalada en las sanciones y un mayor deterioro en las relaciones con los que aún considera sus socios occidentales. La anexión de Donbass no sería para Rusia ni siquiera una victoria parcial si esto supone la entrada de Ucrania en la OTAN o la pérdida de este país para siempre.

Rusia, que aprendió en Afganistán que no puede  lanzarse a aventuras militares con futuro político incierto, decidió hace meses, correctamente o no, que no existía, ni en Rusia ni en Donbass, el apoyo necesario para una intervención directa. Aunque haya defendido la postura de la milicia durante meses, aunque haya aportado ayuda humanitaria y aunque haya aumentado la ayuda encubierta a la milicia en los momentos críticos, la posición rusa no ha variado sustancialmente en estos meses. El embajador de Rusia en la ONU manifestó abiertamente las simpatías rusas por las repúblicas populares, mientras que el presidente Putin se dirigió directamente a las milicias de Novorossiya para alabar su tarea en lo que respecta a salvaguardar la vida de los civiles de la zona. El apoyo ruso a las exigencias de los llamados “separatistas pro-rusos” no ha desaparecido en ningún momento, pero mientras la situación ha cambiado, la postura rusa no lo ha hecho.

Desde el principio de la crisis, Rusia decidió que no existía el apoyo necesario para la independencia de las provincias históricamente rusas de Ucrania y desde entonces ha basado su política en esa premisa. Erróneamente o no, la diplomacia rusa ha afirmado en diversas ocasiones la división entre los partidarios de la independencia y los partidarios de permanecer en una Ucrania más descentralizada en una zona con mayor autonomía.

Las numerosas muestras de apoyo de la población a las repúblicas populares no han hecho cambiar de rumbo al Kremlin, que desde el inicio de la crisis se ha mantenido firme en la búsqueda de  una solución interna al conflicto ucraniano. El hecho de que la mayor parte de los refugiados hayan huido a Rusia, el supuesto agresor, en lugar de a otras zonas de Ucrania,  no ha sido suficiente, como tampoco lo ha sido la reacción, generalmente negativa de la población, ante la llegada de tropas ucranianas que supuestamente liberaban sus ciudades. El referéndum del 11 de mayo o las manifestaciones masivas celebrando el día de la victoria el 9 de mayo quedan ya lejos. En aquel momento, Rusia reconoció los resultados como una expresión legítima de discordancia con el Gobierno de Kiev, pero siempre se ha negado a ver el resultado como una voluntad clara de buscar la ruptura completa con Ucrania.

La otra base de la política rusa hacia Donbass, que no necesariamente hacia Ucrania, es la idea de que no existe en el país el apoyo necesario para iniciar una intervención directa. Mientras el Kremlin repitió insaciablemente el apoyo de la población hacia la política del Gobierno en Crimea, a principios del verano publicó una encuesta que reflejaba que no existía apoyo alguno al envío de tropas a Donbass. En un momento en parecía claro que Ucrania estaba a punto de ganar la guerra, Itar-Tass publicaba un dato que parece irrefutable: el 63% de los encuestados se mostraba contrario a enviar tropas a Donbass. Varias semanas después, el 13 de agosto, la misma fuente publicaba otro dato similar: el 60% de los encuestados avalaba las políticas del Gobierno para buscar una solución pacífica al conflicto. Reales o no, estos datos reflejan claramente la postura y las intenciones del Kremlin.

Ni el momento ni la pregunta en cuestión son aleatorias y reflejan perfectamente las intenciones del Kremlin. En momentos en los que los rebeldes se encontraban en situación crítica, el Kremlin ve oposición de la población a enviar tropas, mientras que ve apoyo para buscar la paz en el momento en que el presidente Putin inicia los contactos para buscar el alto el fuego que culminan en la firma del acuerdo de Minsk del 5 de septiembre. Equivocados o no, las encuestas indican que no hay en Rusia el apoyo necesario para llevar a cabo una operación que acarrearía una escalada en las sanciones y un mayor deterioro en las relaciones con Occidente. Se podría argumentar la posibilidad de que estos datos no sean más que la expresión del aparato de propaganda del Kremlin tratando de justificar su inacción o su postura. Es cierto que la presencia de numerosos voluntarios rusos en las filas de las milicias haría pensar que sí existe apoyo a las repúblicas populares, pero no es menos cierto que tan solo se ha producido en Rusia una manifestación masiva en defensa de esas repúblicas populares. Y los resultados obtenidos por los candidatos oficialistas en las recientes elecciones locales tampoco indican que haya malestar alguno con la política del Kremlin.

Sin el apoyo de la población a la intervención directa y sin la certeza de que un porcentaje suficientemente alto apoya la independencia o la reunificación con Rusia, el Kremlin busca desde el inicio de la crisis una solución dialogada dentro de Ucrania. Prácticamente todos los discursos del Ministro de Asuntos Exteriores ruso Sergey Lavrov van encaminados en esa dirección. “La situación en el sudeste de Ucrania es diferente. No existe la unida que vimos en Crimea. Algunos querrían que su tierra emergiera como una nueva entidad llamada Novorossiya, mientras que otros desean mantenerse en Ucrania disfrutando de más derechos. De hecho reconocimos los resultados del referéndum y llamamos a su implementación por la vía del diálogo con Donetsk, Lugansk y el Gobierno central de Kiev”, ha recalcado recientemente Lavrov.

Este análisis no es nuevo. Ya en abril, cuando se negociaba el primer acuerdo en Ginebra, Lavrov insistía en la necesidad de un diálogo nacional para que toda esa población pudiera seguir viviendo con harmonía en el mismo país. Sobre esta base, Rusia se ha centrado en buscar una solución que consiguiera para Donbass las exigencias que los rebeldes tenían al principio del proceso. “Aquellos que son amigos de verdad de Ucrania, del pueblo ucraniano, están obligados a convencer a las actuales autoridades para que pasen de las palabras a los hechos y comiencen un proceso real y completo proceso constitucional, un proceso de reforma constitucional que dé a todas las regiones del país sus derechos en el Gobierno ucraniano”, decía en abril Lavrov,  en clara referencia a la descentralización y a la necesidad de que aquellos países que apoyaban a Kiev, Europa y Estados Unidos, aceptaran la necesidad de iniciar un diálogo que llevara a ciertas concesiones a las regiones que pararan una guerra que ya había empezado. Desde entonces, y a pesar de que en los momentos de mayor crudeza de la guerra, Rusia haya elevado en cierta medida el tono de la crítica, su discurso no ha variado significativamente. De defender los acuerdos del 21 de febrero, Rusia pasó a defender ese acuerdo del 17 de abril en Ginebra a pesar de que la negativa de Kiev a cumplir con su parte hacía imposible su que  este tuviera éxito alguno.

Quienes esperaban una actuación rápida de Rusia en este caso, al estilo de la que se había dado en Crimea semanas antes, no tuvieron en cuenta las particularidades del caso de la península, algo que Moscú ha repetido sin cesar en estos meses. Una geografía que favorecía el proceso, un apoyo masivo a la secesión, independientemente de las sanciones que pudiera acarrear, tanto en Rusia como en Crimea y la presencia de tropas rusas sobre el terreno hacen del proceso de Crimea algo difícil de repetir. La rapidez con la que se actuó, que dejó a Kiev sin tiempo alguno para reaccionar, así como la debilidad de un ejército que se encontró abandonado por las autoridades, sin órdenes sobre cómo actuar ante la posibilidad de encontrarse ante un enemigo al que no tenían posibilidad alguna de hacer frente, facilitaron inmensamente el proceso.

Pese a los intentos de la Unión Europea por explicarse y declara el caso de Kosovo como único e irrepetible, era de esperar que este precedente se volviera en su contra en algún momento. Sin posibilidad de hacer nada por evitar los bombardeos de Serbia y la independencia de facto de Kosovo, Rusia esperó paciente y golpeó a Europa con sus mismos argumentos. La Unión Europea se vio superada por los acontecimientos, incapaz de comprender la posibilidad de que la población de Crimea pudiera, sin coacción alguna, elegir la dictadura de Putin frente a la libertad indiscutible y la paz absoluta de la Unión Europea. Los resultados y el nivel de participación de las últimas elecciones al Parlamento Europeo tampoco han hecho reflexionar a la clase política comunitaria sobre cuál es la opinión real de los europeos sobre la unión.

Sin otro argumento, y para evitar ver su fracaso, Ucrania y la UE exclaman invasión mientras que olvidan la actitud de gran parte de la población local. Si bien es cierto que la población tártara, cuya reticencia a encontrarse en el país sucesor de  aquel que tan injustamente les trató es perfectamente legítima, boicoteó en parte el referéndum, la población de Crimea ha dejado claro ante cualquiera con intención de escuchar, cuál es su elección. Durante meses, la diplomacia occidental ha exigido a Moscú que respete la elección democrática del pueblo ucraniano de buscar un futuro europeo mientas trataba de ilegítima la elección de la península. Si la elección de Montenegro o de Kosovo es legítima, ¿no tiene el pueblo de Crimea derecho a elegir si mantenerse en el país al que fue regalada o volver al país al que en su momento votó por mantener?

Las sanciones y la retórica anti-rusa que derivó del proceso de Crimea no han dejado de escalar en los últimos meses. Durante semanas, las altas esferas de la diplomacia occidental exigieron a Rusia que retirara sus tropas de la frontera de Ucrania mientras evitaba ver los flujos de refugiados o los bombardeos ucranianos en zonas civiles, incluyendo también ciudades rusas. Bajo presión de Estados Unidos, así lo ha reconocido el vicepresidente estadounidense Joe Biden, la Unión Europea aceptó implementar unas sanciones que desde entonces no han dejado de escalar. Que se implantaran sanciones días después de la firma del alto el fuego, hace pensar que no hay en estas otra motivación que el inicio de una guerra económica que puede llegar a ser devastadora para las dos partes y que, como sucede en toda guerra, viene acompañada con la guerra de propaganda y acusaciones que no siempre tienen relación con los hechos.

Con su ofensiva de julio, que pretendía acabar definitivamente con la rebelión, Kiev demostró que únicamente tenía un plan de paz para Donbass: acabar con la disidencia por la vía militar. El fracaso de esta ofensiva, que tan solo consiguió recuperar la zona de Slavyansk-Kramatorsk y Lisichansk-Severodonetsk, inició una nueva fase de la guerra. Kiev fracasó en su intento por recuperar el control de sus fronteras y llegó incluso a perder más puestos fronterizos, lo que puso de manifiesto, no solo la incapacidad de sus fuerzas armadas para derrotar a una milicia formada tan solo unos meses antes, sino su incapacidad para afrontar la realidad. Perdidos los puestos de frontera, y que Vladimir Putin había dado a entender que defendería a la población rusa de Ucrania en caso de ataque del ejército, Kiev solo supo gritar invasión. Algunos grandes medios de comunicación siguen defendiendo esa versión. No importa que los tanques rusos que solo veía la propaganda occidental no fueran reales, ni que esas palabras de Putin solo buscaran entonces un efecto disuasorio. Pero en las semanas sucesivas, cuando la dimisión forzada de Igor Strelkov, hasta entonces alma de la organización militar rebelde, hacía ver que se cocinaba un acuerdo entre presidentes, Kiev, y la prensa y gobiernos occidentales afines, nos hacían volver a niveles de rusofobia que no se recordaban en el continente.

Rusia pretendería abrir un corredor terrestre hacia Crimea o incluso hacia Transnistria. Quizá preparaba para invadir no solo de Ucrania,  sino también Estonia o incluso Rumanía. Las acusaciones aumentaban a medida que el Ejército Ucraniano sufría durísimas derrotas en zonas estratégicas (la colina de Saur-Mogila, Ilovaysk o el aeropuerto de Lugansk) y se veía obligado a atrincherarse en la entonces ya sitiada Mariupol. Si la derrota en Ilovaysk daba a entender que el ejército ucraniano no tenía capacidad para lograr una victoria militar, la retirada en varias zonas del frente hacía posible un inminente colapso de las tropas de Kiev. Sin otra justificación para la pérdida de lo poco que queda del aeropuerto de Lugansk tras meses de continua lucha, el ministro de Defensa Valery Geletei lanzaba la acusación más grave y alocada de todas ellas: Rusia habría utilizado ahí armas nucleares estratégicas.

Rusia se ha mantenido fría y callada durante meses. Aunque ha protestado estas acusaciones de incursiones que la prensa y gobiernos occidentales han dado por hecho sin prueba alguna, la diplomacia rusa no ha levantado la voz. Tampoco lo ha hecho para denunciar, con la firmeza que se esperaba, los crímenes del ejército ucraniano, que ha bombardeado durante meses toda ciudad que se resistía a ser liberada. Y ahora, en lugar de utilizar la negociación como elemento de presión como esperaban quienes veían en lo ambiguo del acuerdo de Minsk un plan oculto del Kremlin, Rusia espera con paciencia la respuesta de Kiev a la última propuesta rusa que debe dar un acuerdo de suministro de gas.

La preferencia rusa siempre ha sido buscar una solución dialogada, preferiblemente dentro de Ucrania. Rusia, que no reconoció la independencia de Abjasia u Osetia hasta 2008 y que aún no ha reconocido la independencia de Transnistria, nunca ha buscado una solución que implicara la creación de otro estado no reconocido. Y si ha permitido que Novorossiya se defienda, y ha aumentado su ayuda encubierta en los momentos más críticos, es porque la retórica de liberación nacional que se ha utilizado hacía imposible lo contrario. La preferencia de Moscú siempre ha sido la de la federalización, modelo en el que las regiones podrían incluso tener capacidad de veto a la entrada en alianzas militares. No perder a Ucrania ante los países de la OTAN siempre ha sido la prioridad política rusa. Ucrania, por su parte, se ha asegurado con la destrucción de minas, industria e infraestructuras de la inviabilidad de la zona como estado independiente, perfectamente consciente de que Rusia, más interesada en un acuerdo con Occidente que en apoyar a la rebelión de las repúblicas populares, no tenía intención de favorecer esa solución.10659297_1557091744514172_6174175416837197291_n

El alto el fuego y el acuerdo entre presidentes

Tras meses en los que Rusia pedía reiteradamente a esos gobiernos con influencia sobre el Gobierno de Kiev que ejercieran presión para para la operación miliar, Rusia ha dejado de exigir y ha pasado a la acción. Apartado Strelkov por su negativa a negociar con Kiev, Moscú ha colocado a los más favorables a esa negociación al frente de las repúblicas populares. La tan repetida invasión rusa se ha traducido en realidad en un acuerdo de alto el fuego que ha causado un inmenso remolino dentro del liderazgo de las repúblicas populares, cuyos líderes no han sido capaces de explicar siquiera por qué su firma aparece en un documento que no les reconoce ni a ellos ni a las repúblicas populares como parte del conflicto.  Nada hace pensar que Donbass haya tenido voz en este acuerdo en el que puede haberse decidido el futuro inmediato de la zona.

Tras meses sin agua corriente o electricidad en algunas zonas de la región, el alto el fuego era urgente y necesario. Con las repúblicas populares al ataque y el ejército ucraniano rodeado o retirándose en gran parte del frente, se puede argumentar que era el momento de negociar el alto el fuego en posición de fuerza y conseguir unas condiciones favorables que no se han conseguido. La milicia había recuperado la iniciativa y avanzaba en varias zonas del frente, eliminando a su paso a las unidades más operativas del ejército ucraniano, que sufría unas pérdidas de material que solo ahora comienza a admitir. Las imágenes de funerales y entierros masivos de soldados hacen ver el coste que la guerra ha tenido para el ejército ucraniano, que puede que nunca aclare realmente el número de víctimas. La caída de Mariupol parecía inminente.

La dificultad de la milicia para recuperar zonas importantes, como el aeropuerto de Donetsk o la zona de Lisichansk/Severodonetsk o Debaltsevo hace imposible decir con certeza que la victoria militar fuera posible. Incluso en el peor momento de las tropas ucranianas, Slavyansk quedaba aún lejos. Los hechos demuestran que la milicia había recuperado la iniciativa, había dejado fuera de juego a la aviación ucraniana y había conseguido equilibrar unas fuerzas que en el inicio del conflicto estaban del lado ucraniano. El ejército de Kiev parecía aproximarse peligrosamente al colapso, lo que habría dado a la milicia una victoria decisiva que hubiera cambiado notablemente los términos del acuerdo de Minsk. Esto hace pensar que la negociación no se produjo a instancias de las repúblicas populares.

Pero son los términos del acuerdo, que no ofrecen a Donbass más que una parte de las exigencias iniciales de hace seis meses, cuando la guerra no había destrozado la industria y la infraestructura ni se había cobrado la vida de varios miles de personas, los que dejan claro que Donbass ha tenido poco que decir en la negociación. Que ni Zakharchenko ni Plotnitsky, líderes de las repúblicas populares, hayan sido capaces de justificar la interrupción la ofensiva para aceptar unos términos tan poco favorecedores solo refuerza esa tesis.

Pese al intento de Zakharchenko de afirmar que el acuerdo es un reconocimiento de facto a la independencia de Donbass, ni los actos ni las palabras de Poroshenko parecen ir en esa dirección. Las declaraciones de la diplomacia rusa, que parece confiar en la palabra de Poroshenko y en su intención de conceder a Donbass un estatus especial que ha declarado no tener intención de conceder, hace pensar que el acuerdo entre presidentes ha decidido ya el futuro inmediato de Donbass, posiblemente al margen de la opinión de los representantes y del pueblo de Donbass.

Por eso, tanto Rusia como Ucrania llevan semanas viendo cómo la violencia rebaja su intensidad a pesar de que los combates continúan en el aeropuerto de Donetsk y el ejército ucraniano continúa castigando con su artillería el centro de la ciudad. Incluso la OSCE, tercera de las partes del acuerdo, apunta a que la violencia disminuye a pesar de ciertas violaciones del alto el fuego. La aparición de fosas comunes, que el Comité de Investigación ruso ha calificado como muestras de genocidio, o la muerte de un cooperante de Cruz Roja por el fuego de artillería a las puertas del local de la organización en Donetsk no han hecho cambiar de discurso al Grupo de Contacto Trilateral, que pasa ahora definir, desde una oficina recién creada en la disputada Debaltsevo, los límites de la llamada zona de seguridad, esa zona supuestamente desmilitarizada que ha de separar a las fuerzas hasta ahora en combate.

Tras apartar no solo a quienes no estaban dispuestos a negociar con el bando ucraniano sino también a quienes deseaban seguir la guerra hasta el final, Rusia se ha garantizado que la milicia no pueda continuar con su ofensiva, y así romper realmente el alto el fuego, acabando con la ayuda militar encubierta, ese famoso Voentorg, que deja a la milicia con serias carencias de armas ligeras y munición. Esta es la prueba más evidente, aunque no la única, de que Rusia ha apostado a una sola carta, y que confía, ciegamente quizá, en la palabra de Poroshenko, a pesar de que sus tropas sigan concentrándose en zonas aledañas a la zona de la llamada “operación antiterrorista” y de que se haya reforzado a las tropas cercanas a la ciudad de Debaltsevo. Si quedaba aún quien esperara ver un plan oculto en los actos rusos contra Ucrania, ya evidente con la firma del protocolo de Minsk, carecen ya de argumento alguno con este cierre de la frontera y el acuerdo para el suministro de gas que ambos países están a punto de cerrar.

En este momento, Poroshenko puede optar por cumplir el acuerdo y garantizar cierta autonomía a las partes de Donbass controladas por las milicias. Ucrania se ha garantizado al menos, abrir otro frente para destruir políticamente lo que no ha podido destruir militarmente. Si Poroshenko ha aceptado que Ucrania no puede conseguir una victoria militar completa y busca, como espera Rusia, la salida negociada al conflicto, veremos los primeros pasos tras las elecciones parlamentarias, cuando no exista ya amenaza de perder los votos que den una mayoría confortable. Conoceremos entonces los términos reales, especialemnte los ecoómicos, de este acuerdo entre presidentes. Pero si esta negociación no era para Ucrania más que una forma de alargar el proceso y ganar tiempo para recuperar unidades cercadas o recuperar capacidad de combate, no hay mejor momento para la ofensiva final que el periodo preelectoral.

Igor Strelkov ya ha avisado de que la ofensiva ucraniana puede ser inminente. Sin apoyo ruso las posibilidades de ataque de la milicia disminuyen enormemente y está por ver si lo hacen también las posibilidades de defenderse. Ante esta situación, Ucrania ha recuperado una iniciativa que había perdido en el campo de batalla y tiene ya poco que perder. Mientras, los líderes de las repúblicas populares, sin más opción que aceptar lo pactado, tratan de explicar que la guerra ha terminado y que es el momento para la política, centrándose en las próximas elecciones con las que quieren dar una demostración de fuerza.

El futuro inmediato de Donbass se juega en estas semanas, con la incertidumbre de cuáles son las intenciones ucranianas y con la duda de si los representantes de Donbass tendrán reservado algún papel en las posibles negociaciones. Es Donbass quien se juega su supervivencia en base a un acuerdo, el de Minsk, que todo indica que no ha elegido. Es la apuesta rusa, la apuesta por Poroshenko y por una serie de promesas que no conocemos, la que marcará el futuro inmediato. A medio o largo plazo, Rusia tendrá que ofrecer mucho más para evitar que el expansionismo de la occidental no cruce la línea roja que es ahora mismo Ucrania.

Mientras tanto, los teóricos de la agresión rusa, un peligro casi tan temible como el ébola, que ven como inexistentes tropas rusas retirándose de Ucrania y sin prueba alguna siguen exigiendo a Rusia que no sabotee el alto el fuego que ella misma ha impuesto, siguen sin ponerse de acuerdo sobre si el Kremlin, con su presidente Vladimir Putin y con sus enviados en Ucrania, trata reconstruir la Unión Soviética, el Imperio Ruso o el Pacto de Varsovia. Cualquier opción es válida para la propaganda occidental para justificar las amenazas vacías de la OTAN ante una guerra que no será militar sino económica.

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